Por Denise Blanchard, Subgerenta de Innovación Corporativa de Empresas Iansa.
Hay un fenómeno silencioso en muchas organizaciones del que se habla poco: la conformidad. Aparece cuando un problema se repite por años y deja de incomodar, pasando a ser “parte del sistema”. En sectores como minería o agroindustria —donde la operación manda— esto es evidente: ineficiencias que se arrastran, pérdidas que se asumen y procesos subóptimos que se justifican, no porque no importen, sino porque “siempre ha sido así”. A eso podemos llamarlo dolores resignados.
El problema no es que existan, sino cuando dejan de ser prioridad. Porque impactan directamente en costos, productividad y uso de capital, y finalmente en competitividad. Durante años, la respuesta fue intentar resolver todo internamente. Pero cuando uno lo mira con lógica de evaluación de proyectos, la pregunta cambia: ¿cuántos recursos más estamos dispuestos a asignar antes de reconocer que no tenemos la solución?
Como planteaba el economista chileno Manfred Max-Neef, los problemas complejos no se resuelven solo acumulando recursos, sino cambiando la forma en que los entendemos. Su enfoque de desarrollo a escala humana pone en el centro algo que en las organizaciones a veces se pierde: la necesidad de comprensión y participación. Entender bien el problema —no solo sus síntomas— y abrir espacios donde distintas miradas puedan aportar a resolverlo.
Desde ahí, la innovación abierta deja de ser solo una herramienta para acceder a tecnología y pasa a ser una forma más completa de abordar problemas: ampliar la mirada, incorporar capacidades externas y acelerar aprendizajes que, de otra forma, tomarían años. Hoy el conocimiento está distribuido, y eso cambia las reglas del juego: las empresas que se abren a colaborar avanzan más rápido y con mejores resultados. No es casualidad: estudios de PwC muestran que las compañías más innovadoras colaboran mucho más activamente con socios externos, y análisis de McKinsey confirman que aquellas con culturas de innovación sólidas tienden a superar consistentemente a sus pares.
Abrirse, eso sí, no es trivial. Requiere redes, capacidad de búsqueda y experiencia para conectar bien problemas con soluciones. Por eso, apoyarse en actores que ya tienen esas redes y ese know-how no es un detalle operativo, sino lo que permite que estos procesos funcionen en tiempos y con resultados concretos. La innovación abierta, bien hecha, es foco: entender qué dolores realmente mueven la aguja y decidir atacarlos con las mejores herramientas disponibles.
En ese contexto, las organizaciones que van a avanzar no son necesariamente las que más invierten, sino las que asignan mejor. Las que entienden qué resolver, qué dejar de intentar y dónde tiene sentido apoyarse en otros. Porque en la práctica, seguir conviviendo con dolores resignados no es inercia, es una decisión, y muchas veces una decisión cara.
