Innovación abierta: una oportunidad para dejar de convivir con lo que no funciona

junio 2, 2026

Por Denise Blanchard, Subgerenta de Innovación Corporativa de Empresas Iansa.

Hay un fenómeno silencioso en muchas organizaciones del que se habla poco: la conformidad. Aparece cuando un problema se repite por años y deja de incomodar, pasando a ser “parte del sistema”. En sectores como minería o agroindustria —donde la operación manda— esto es evidente: ineficiencias que se arrastran, pérdidas que se asumen y procesos subóptimos que se justifican, no porque no importen, sino porque “siempre ha sido así”. A eso podemos llamarlo dolores resignados.

El problema no es que existan, sino cuando dejan de ser prioridad. Porque impactan directamente en costos, productividad y uso de capital, y finalmente en competitividad. Durante años, la respuesta fue intentar resolver todo internamente. Pero cuando uno lo mira con lógica de evaluación de proyectos, la pregunta cambia: ¿cuántos recursos más estamos dispuestos a asignar antes de reconocer que no tenemos la solución?

Como planteaba el economista chileno Manfred Max-Neef, los problemas complejos no se resuelven solo acumulando recursos, sino cambiando la forma en que los entendemos. Su enfoque de desarrollo a escala humana pone en el centro algo que en las organizaciones a veces se pierde: la necesidad de comprensión y participación. Entender bien el problema —no solo sus síntomas— y abrir espacios donde distintas miradas puedan aportar a resolverlo.

Desde ahí, la innovación abierta deja de ser solo una herramienta para acceder a tecnología y pasa a ser una forma más completa de abordar problemas: ampliar la mirada, incorporar capacidades externas y acelerar aprendizajes que, de otra forma, tomarían años. Hoy el conocimiento está distribuido, y eso cambia las reglas del juego: las empresas que se abren a colaborar avanzan más rápido y con mejores resultados. No es casualidad: estudios de PwC muestran que las compañías más innovadoras colaboran mucho más activamente con socios externos, y análisis de McKinsey confirman que aquellas con culturas de innovación sólidas tienden a superar consistentemente a sus pares.

Abrirse, eso sí, no es trivial. Requiere redes, capacidad de búsqueda y experiencia para conectar bien problemas con soluciones. Por eso, apoyarse en actores que ya tienen esas redes y ese know-how no es un detalle operativo, sino lo que permite que estos procesos funcionen en tiempos y con resultados concretos. La innovación abierta, bien hecha, es foco: entender qué dolores realmente mueven la aguja y decidir atacarlos con las mejores herramientas disponibles.

En ese contexto, las organizaciones que van a avanzar no son necesariamente las que más invierten, sino las que asignan mejor. Las que entienden qué resolver, qué dejar de intentar y dónde tiene sentido apoyarse en otros. Porque en la práctica, seguir conviviendo con dolores resignados no es inercia, es una decisión, y muchas veces una decisión cara.

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