Por Mariana Alcérreca, gerente de Asuntos Corporativos de Mutual de Seguridad.
Hace unas semanas se conmemoró el Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, fecha que cada año nos invita a reflexionar sobre los avances y desafíos en esta materia. Es innegable que hoy contamos con mejores estándares, las cifras de accidentabilidad han ido a la baja, y existe una mayor conciencia sobre la importancia de proteger a las personas en sus espacios laborales. Sin embargo, en paralelo a ese progreso, comienza a aparecer una dimensión que exige una mirada más atenta.
A medida que el trabajo se ha vuelto más dinámico, también se ha vuelto más exigente en aspectos menos visibles. Hemos optimizado procesos, acortado tiempos, incorporado tecnología y elevado los niveles de desempeño. Todo esto ha generado organizaciones más ágiles y productivas, pero también ha reducido, muchas veces sin intentarlo, los márgenes de holgura con los que las personas realizan su trabajo.
Es en ese punto donde la conversación que impulsa la OIT este año se vuelve especialmente pertinente. Los factores de riesgos psicosociales, como la carga laboral, la claridad de roles, la autonomía, la doble presencialidad, el apoyo y los procesos justos y transparentes, influyen en la forma en que se experimenta el trabajo y repercuten en la seguridad, el bienestar y el desempeño de las personas trabajadoras, definiendo no solo cómo funciona una organización, sino cómo se vive el trabajo dentro de ella.
Lo relevante aquí no es cuestionar el avance, sino entender sus efectos. Hoy es posible que un entorno laboral cumpla adecuadamente con todas sus exigencias formales y, aun así, enfrente niveles de desgaste que se acumulan en el tiempo. No se trata de fallas evidentes, sino de dinámicas que, sostenidas, pueden transformarse en riesgos si no se gestionan oportunamente.
Este escenario plantea un desafío importante tanto para el sector público como privado. Ya no basta con asegurar condiciones físicas adecuadas o cumplir con protocolos establecidos. Es necesario ampliar la mirada y considerar que la forma en que se estructura el trabajo tiene un impacto directo en el bienestar de las personas. Integrar esta dimensión no es solo una responsabilidad, sino también una condición para construir organizaciones más sólidas en el tiempo.
En este camino, instancias como Pacto Global juegan un rol especialmente relevante. Al promover principios compartidos y generar espacios de colaboración, que permiten avanzar hacia estándares comunes que fortalecen la gestión de estos desafíos. La posibilidad de aprender de otros, de contrastar prácticas y de visibilizar avances contribuye a instalar una conversación más madura y profunda sobre lo que entendemos por trabajo de calidad.
El llamado de este reciente 28 de abril, entonces, no es a detener el progreso, sino a acompañarlo con una mirada más integral. Comprender que la eficiencia y el bienestar no son objetivos contrapuestos, sino dimensiones que deben desarrollarse en conjunto. Porque el verdadero avance no se mide solo en resultados, sino en la capacidad de sostenerlos en el tiempo, protegiendo a quienes los hacen posibles.
