Por Vivian Budinich, gerente de Marketing Corporativo y Sostenibilidad, Empresas Iansa.
En el último Women Economic Forum realizado en marzo de este año en Nueva York, hubo una idea que se repitió también en varios de los eventos paralelos de la 70ª sesión de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer: ya no basta con que más mujeres participen, el verdadero desafío es que puedan incidir. Es decir, que estén presentes y activamente involucradas en las mesas donde se toman las decisiones que moldean nuestras economías y sociedades.
Datos de McKinsey & Company muestran que las empresas con mayor diversidad de género en sus equipos ejecutivos tienen un 25% más de probabilidades de lograr una rentabilidad superior al promedio. En la misma línea, el Foro Económico Mundial ha señalado que cerrar las brechas de género en la participación económica podría aumentar significativamente el PIB global. Pero más allá de las cifras, el mensaje es claro: incorporar más mujeres en espacios de decisión no solo fortalece la equidad, sino que mejora la calidad de las decisiones, amplía las miradas y permite construir organizaciones más sólidas y sostenibles en el tiempo.
En este contexto, avanzar en la generación de oportunidades y en el rediseño de sistemas se vuelve fundamental. Generar condiciones donde el talento pueda desarrollarse plenamente, independiente del género, requiere también abordar barreras estructurales que aún persisten. Entre ellas, las dificultades de conciliación y la corresponsabilidad en los hogares, la falta de visibilización del talento femenino en sectores históricamente masculinizados y el acceso desigual a oportunidades clave.
Incidir implica tener voz, poder de decisión y capacidad real de influir en los resultados. Supone también cuestionar, proponer nuevas formas de hacer las cosas y, muchas veces, abrir camino para otras personas. La incidencia se construye cuando las mujeres no solo son invitadas a participar, sino cuando sus perspectivas son consideradas, integradas y traducidas en acciones concretas.
El desafío es pasar de una lógica simbólica a una de impacto real. Esto requiere voluntad institucional, cambios culturales y liderazgos comprometidos con la equidad. Porque no se trata sólo de cuántas mujeres hay, sino de cuánto están haciendo. Y en el tránsito de la
participación a la incidencia se juega también la calidad y sostenibilidad de nuestras decisiones colectivas.
Escuchar experiencias de distintos países, con trayectorias diversas, pero con un mismo impulso por abrir oportunidades, reafirma una convicción: avanzar en el liderazgo económico femenino no es sólo un imperativo, sino que una oportunidad concreta de desarrollo.
